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Aquellos viajeros que pretendan psicoanalizarse les informamos de que llegan tarde. El señor Freud murió hace setenta años y desde entonces nadie le ha relevado en la consulta de su residencia de la calle de Bergasse, 19, en Viena.
Por lo tanto, por más que el trotamundos se recline en el diván del famoso psicoanalista nadie vendrá a hacerle un diagnóstico de su estado mental. Pero al menos podrá deambular por las estancias de la casa del doctor, asomarse a las ventanas de su estudio y sentirse un poco freudiano entre los muros de su antiguo hogar. Asimismo, el trotamundos advertirá el aroma a música que impregnan sus monumentos, como si el espíritu de Mozart todavía anduviera por la metrópoli componiendo obras maestras que luego chiva a los vivos.
A pesar de que el despistado viajero no obtendrá su ansiado psicoanálisis, le recomendamos dar un paso por la metrópoli austriaca porque Viena embelesa con su Ópera, el Parlamento, el malecón de Francisco José, la plaza de los Héroes… Así que el diván de Freud es cosa de perezosos, puesto que una ciudad entera espera los callejeos del turista y con el permiso de Schwarzenegger nos vamos a conocer la capital austriaca, situada al noroeste, de su viejo país.
Los viajeros pueden acceder a la ciudad de Viena a través de su aeropuerto, localizado a 18 kilómetros de la ciudad y a un solo click del turista: www.viennaairport.com. Dicha página no se encuentra disponible en castellano, pero sí en inglés. Una vez desembarcado, el trotamundos puede recurrir a los servicios de autobús o ferrocarril que conectan el aeródromo con el centro de la ciudad. Otra forma de alcanzar la bella estampa vienesa es por medio del tren. De hecho, Viena supone una meta bastante frecuente entre los usuarios del bono de interrail. La ruta más cómoda y rápida es la que parte de París o Viena y que apea a los viajeros en la estación de Westbahnhof.
La urbe vienesa encarna la tercera mayor sede de tecnologías de la información y comunicaciones de Europa. De modo que su economía destaca por su componente moderno y puntero. De hecho, Viena es el centro político, cultural y económico de Austria y alberga, además, la tercera sede de la Naciones Unidas lo cual se traduce en una animada actividad funcionarial. A esta movida empresarial, se suma la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) que tan de cabeza lleva a los adictos a las energías fósiles.
Entre los pasillos deberían pulular dos fantasmas atormentados. Concretamente, los de sus arquitectos. Y es que fue tal el abucheo que recibieron por parte del pueblo vienés que uno decidió suicidarse y el otro sufrió un infarto. Las críticas las motivó el “crucial” hecho de la altura: esta construcción era más baja que su colega la Opera-Garnier de París y la avalancha de reproches se cebó en la salud de sus autores.
Dicho monumento fue mandado construir por el emperador Francisco José. Desde ella, Hitler anunció en 1938 la anexión de Austria al Reich.
Ese mismo año, en 1938, cuando el Reich se apropió de Austria, Freud puso los pies en polvorosa y huyó a Londres. Se cerraba el negocio de su consulta y se abría otro: el de la Casa-Museo. Sin embargo, éste demoró su apertura unos cuantos años. Por cierto, en Londres existe otra Casa-Museo, pero la vienesa tiene más solera, puesto que albergó 47 años de terapia y la otra apenas vio un año de vida, falleció en 1939, del famoso psicoanalista .
A 60 kilómetros de Viena se emplaza esta urbe eslovaca que está dotada de una buena nómina de monumentos como el Palacio Primacial, construido entre los años 1778 y 1781, o el Castillo de Bratislava.
La ciudad del Danubio agasaja a sus invitados con toda una hueste de platos bien educados para saber excepcionalmente. Así que el comensal puede organizar una cita con un jugoso escalope, que su estómago estará encantado de conocer, si le pide al camarero un Wienerschnitzel. Además, debe catar el Tafelspitz, que consiste en un buey cocido con verduras, vinos y especias. Para concluir, el gourmet puede adentrarse en el fabuloso mundo de la Sachertorte; una tarta de chocolate armada con una mermelada de albaricoque y que fue inventada en 1832 para delicia de las generaciones venideras. Por supuesto, los humos de un buen café vienés no deben faltar en su mesa, pues esta ciudad brinda una surtida variedad de cafés.